Ojalá que las personas seamos capaces de lograrlo.

Etiquetar y clasificar la humanidad en creyentes pertenecientes a diferentes religiones (judío, cristiano, musulmán…), que comparten un objetivo común (su creencia en Dios), pero que tienen diferencias que superar que en un determinado momento pueden llevarles a enzarzarse, es como dividirla entre merengues, culés y colchoneros, que también comparten un objetivo común (ganar la Liga), pero a los que, incapaces de respetar al seguidor del equipo contrario, la policía tiene que separar en los estadios con el fin de evitar altercados.

Es priorizar al hincha forofo sobre el hombre reflexivo. Es, en definitiva, deshumanizar por completo la fe y convertirla en un sistema sordo de creencias. Es cosificar la religión y, por ende, a las personas, a las que al transformarlas en cosas ya no se puede escuchar. Podemos escuchar a las personas, pero a las cosas no, porque estas no hablan ni conviven entre sí.

Las religiones si no se encarnan en personas concretas, si no se humanan y se humanizan, pierden su sentido y su valor. Las personas concretas, que no las ideas, son las que pueden lograr esa convivencia pacífica y respetuosa, que tan acertadamente reclamaban los musulmanes de La Rambla, y hacerla real. Ojalá (arabismo castellano que significa “Si Dios quiere”) que las personas seamos capaces de lograrlo.

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