Ramón López Velarde: sangre devota

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Con el caudaloso Rubén Darío y el lunático Enrique Herrera Reissig, el poeta mexicano Ramón López Velarde (1888-1921) forma parte de la gran trilogía del modernismo en el español de América. A la vez, López Velarde forma parte de la vanguardia católica mexicana, nutrida por la intensa actividad literaria y cultural impulsada por León XIII, quien la militancia defensiva en conquista del mundo moderno, bajo la consigna nova et vetera: unir lo nuevo con lo viejo, ayudando a renovar la cultura católica.

López Velarde es un poeta católico moderno. Sin embargo, la intimidad de su voz, su claroscuro misterioso y su profundo secreto han retardado la difusión de su obra. Conocido por un solo poema, “La Suave Patria”, se le admira en México con admiración gratuita y ciega, que es una forma de la injusticia. Para las culturas hermanas en el castellano, este poeta permanece casi desconocido. Parecería que hasta ahora no ha sido traducido al venezolano o al argentino.

López Velarde escribió implosivamente en un momento explosivo de la vida de México: la Revolución de 1910. Mientras el país padecía una compleja guerra civil, López Velarde, que desde afuera parecía un payo tieso e inseguro, vivió un proceso aotrmentado de trasmutación y búsqueda de sí mismo, de su lenguaje y de su religión. Luchando contra el petrificado lugar común decimonónico, quiso inventarse un lenguaje que sorprendiera con imágenes desacostumbradas. El peligro estaba en la afectación. López Velarde olfateó el peligro y se apartó a tiempo.

El mapa del país poético de López Velarde es aparentemente elemental: la provincia, el catolicismo, la amada, el dolor juvenil, la muerte… Sin embargo, López Velarde tenía más complejidad espiritual de la que nos hace creer el mapa de sus temas poéticos. Su drama católico es de una hondura basal y escribe con el afán temerario de mezclar cielo y tierra: la religiosidad de López Velarde es de raíz erótica

En tanto que católico, López Velarde suma a su herencia el folclor y la teología, y un alambicado sistema de recompensas y culpas. Además, tiene que hacer convivir su fe con su educación universitaria liberal, con un medio cultural que se precia de jacobino. Quería alcanzar la plenitud de cerebro y corazón, pero lo asfixió una dualidad funesta que le impidió integrarse. No pudo renunciar al sexo ni asumir sus responsabilidades.

La época de López Velarde no tematizaba la mala conciencia sino desde la buena, distanciándose netamente de cualquier identificación con el yo pecador, a menos que esta fuera la voz de la autocrítica, y siempre sin detenerse más de lo indispensable en la experiencia prohibida. A contrapelo de sus correligionarios, sus versos revelan su desencanto y aun fracaso, al no poder satisfacer ni el apetito de los sentidos ni la comunicación espiritual con la amada.

El drama espiritual de López Velarde sería oscuro y vulgar sin ese idioma que con tan cruel perfección lo desnuda. Su estilo sería retórico si no fuera porque es, asimismo, una conciencia. Todo lenguaje, si se extrema como extremó el suyo López Velarde, termina por ser una conciencia. La conciencia de las palabras lleva a la conciencia de uno mismo: a conocerse, a reconocerse.

Este artículo fue compuesto a partir de textos de Octavio Paz, Gabriel Zaid y Guillermo Sheridan, biógrafo de López Velarde. No había nada mejor que decir que lo ya dicho por ellos.

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