El problema está en el corazón (III)

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De todas las fuerzas que habitan en el corazón, hay una especialmente peligrosa, el odio. Quiero centrarme en ella porque en mi opinión, se ha convertido en un problema muy serio y muy hondo. Tanto que yo no dudaría en situarlo como uno de los problemas afectivos más graves del hombre actual, de consecuencias letales que se extienden a todos los ámbitos de la vida. Se trata de un problema espiritual más que psicológico (aunque también), motivo por el cual no repercute solo en una parte del hombre sino que se extiende a todos los planos en los que la persona se desenvuelve y, en definitiva, a la totalidad de la vida. Afecta a la persona en su individualidad, afecta muy seriamente a marcos de convivencia muy estrecha como pueden ser el familiar, el escolar y el laboral, y desde aquí salta y se propaga a otros más amplios (partidos políticos o peñas deportivas por ejemplo) y a la sociedad entera. Año tras año estamos viendo cómo aumentan los índices de violencia doméstica, los casos de acoso escolar, el horrendo espectáculo de los escraches, la ignominia presente en la mayoría de las sesiones parlamentarias, las quedadas juveniles para zurrarse sin límites, hasta la muerte, la xenofobia jaleada en recintos deportivos… Redacto este artículo en medio del fragor que estamos viviendo estos días en España a raíz de los sucesos de Cataluña, en los que, aparte causas de orden político, que no son despreciables, subyace un problema de odio muy extendido: demasiadas muestras de odio entre los promotores y corifeos del separatismo que en muchas ocasiones es contestado con nuevas dosis de odio; basta con darse una vuelta por las redes sociales y ver los comentarios que pululan a todas horas. Consignas y soflamas empapadas en odio que sus autores justifican como pueden y otras que no tienen agarre en justificación alguna.

No es nada fácil elucidar este gravísimo problema/pecado del odio porque en él se encuentran mezclados varios aspectos cuyo esclarecimiento es absolutamente necesario para poder combatirlo. Muchas son las preguntas sobre el odio, de las cuales vamos a señalar estas cuatro: ¿En qué consiste odiar?, ¿existe el derecho al odio?, ¿cabe amar y odiar al mismo tiempo?, ¿cómo surge el odio?

Pues bien, esto mismo que ocurre con el cuerpo, y que vemos con ejemplos tan evidentes como los señalados, ocurre también con el espíritu. El espíritu está hecho para amar, de amor se alimenta y para amar vive. El amor está presente en el espíritu humano como tendencia inicial de todos sus movimientos, y como destino final de los mismos, y entre principio y fin actúa como combustible psicológico y espiritual, no satisfaciéndose con otra cosa que con el propio amor cuando este desemboca en la posesión de lo amado. Si ahora nos preguntamos qué ama el espíritu, la respuesta es bien simple: el bien. Allá donde el espíritu encuentre bien, se dirige a él para poseerlo de manera tendencial, casi instintiva, hasta el punto de que no puede no amar aquello que la inteligencia le presenta como un bien.

Como es fácil de ver, aquí radica el gran meollo de la moralidad humana. El problema no está en amar o no amar el bien -que lo amamos necesariamente- sino en saber dónde está, que es algo en lo que no acabamos de atinar, confundiéndolo a menudo con su contrario, el mal objetivo, o simplemente con lo que nos atrae de manera subjetiva. Y no solo es que no atinamos, sino que aun atinando, cometemos muchísimos errores para su determinación exacta. Este es el nudo gordiano de todos nuestros dilemas morales y de nuestros dramas y tragedias. Aquí tiene su origen el relativismo, que negando la existencia de la verdad absoluta, se opone a la fijeza objetiva del bien, dejando a este al albur del albedrío, del capricho o del viento dominante. El recurso a los clásicos siempre ayuda a ilustrar estas cuestiones. En “La vida es sueño”, hacia la mitad de la obra, Calderón hace decir a Segismundo: “Nada me parece justo en siendo contra mi gusto”.

¿Podemos odiar? Sí, es evidente, pero no tenemos derecho a hacerlo porque es contrario a nuestra naturaleza. ¿Podemos actuar en contra de la naturaleza? También es evidente que sí, pero debemos saber que lo estamos haciendo y que no sale gratis; antes al contrario, el odio es un tóxico que lleva aparejadas consecuencias letales. Los rugidos del odio minusvaloran estas consecuencias, las distorsionan o directamente impiden verlas, pero que cuando salen a la luz, se revelan verdaderamente destructivas.

Digamos como cierre de este punto que conviene saber que cuando se mezclan mal y bien, el resultado es un mal mucho más dañino que el solo mal existente antes de ser mezclado con el bien. Y lo mismo ocurre cuando se mezcla amor y odio. De esa mezcla imposible sale un compuesto intragable y perturbador de consecuencias siempre lamentables.

Si aceptamos como bueno el dicho de que nadie ama lo que no conoce, del odio cabe decir lo mismo. De este modo, el odio aparece como consecuencia del conocimiento de algo que se presenta subjetivamente como un mal, aun cuando objetivamente no lo sea. Trátese de un mal real, aparente o ficticio, el problema del odio aparece directamente conectado con otro problema para el que no tenemos respuesta cerrada: el problema del mal, cuyas raíces permanecen ocultas en “el misterio de la iniquidad” (2ª Tes 2, 7). Justamente por ello tampoco podemos acabar de alumbrar el origen del odio, lo cual no significa que no podamos decir nada. Entre lo que sí podemos decir está la doctrina tradicional de moralistas y teólogos, Santo Tomás de Aquino entre ellos, que ven en el odio un efecto de la envidia. Algo es algo, aunque aquí nos volvemos a topar con una nueva dificultad y es que la envidia tampoco tiene explicación racional, en su caso, por su falta de realismo. La envidia es un problema (pecado, vicio y pasión) inventado gratuitamente, sin apoyo alguno en argumentos racionales, creado por la persona como reacción negativa ante el bien de otro. La envidia es la tristeza ante el bien ajeno, considerado como mal propio por el envidioso, en cuanto que este supone que el bien del prójimo disminuye o suprime su propio bien o su felicidad.

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