Jesuita mártir: Ofrecer todo al Señor para que salve a España

Uno de los seis mártires del 29 de diciembre de 1936, el jesuita Juan Bautista Ferreres Boluda, quien a sus 76 años comentaba en la cárcel de San Miguel de los Reyes (Valencia) que “quizas un día en esta cárcel nos valga más ante Dios que toda la vida religiosa” y que todo sufrimiento “es poco para ofrecerlo al Señor para que salve a España”.

Dos capuchinos de Montehano
Antes que el caso del jesuita veremos el de dos capuchinos que habían sido expulsados del convento de San Sebastián de Montehano (o Montejano) el 7 de agosto de 1936, al igual que el padre Ambrosio, asesinado dos días antes que ellos en la ya relatatada matanza del barco Alfonso Pérez.

Aproniano de Felipe González (padre Miguel de Grajal de Campos), de 38 años, doctor en Filosofía por la Universidad Gregoriana de Roma, y Jacinto Gutiérrez Terciado (fray Diego de Guadilla), de 27 años, que cuidaba de la intendencia del edificio, se habían ido a vivir a casas particulares de Escalante, donde levantaron un altar para decir misa.

A las 22 horas del 29, mientras rezaban el rosario, fueron detenidos y al día siguiente aparecieron sus cuerpos frente a la playa de Berría, en el kilómetro 7 de la carretera de Santoña a Gama.

Los otros cuatro beatos del día 29 murieron en Valencia: tres en Paterna y uno en la cárcel de San Miguel de los Reyes.

Este era el jesuita Juan Bautista Ferreres Boluda, de 76 años. Según su biógrafo Andrés de Sales Ferri Chulio, se ordenó en 1887 y siendo vicario de Albaida decidió ingresar en la Compañía de Jesús, en la que hizo profesión solemne en 1900.

Marchó a Roma como miembro de la comisión que revisa el derecho de los jesuitas y con el cardenal Gasparri en el Código de Derecho Canónico. Volverá de 1918 a 1924 como catedrático de Teología moral en la Gregoriana, escribiendo dos obras sobre la materia.

Ya en 1932 deseaba ser mártir
Ferreres estaba en Sarrià (Barcelona) cuando en 1932 fue disuelta la Compañía. Ya entonces dijo: “¡Ojalá hoy mismo esté ya en el cielo después de dar la vida por nuestro Señor!”.

El superior del piso en que vivía al estallar la revolución, padre Cots, fue asesinado el 21 de julio de 1936 y el padre Ferreres sufrió diversos registros, hasta que quienes le cuidaban decidieron mandarlo a su pueblo, l’Ollería (Valencia), donde llegó el 12 de agosto. El 19 de agosto lo llevaron ante el comité a declarar, amenazándole con una pistola. Regresó a su casa, y pusieron un miliciano a la puerta; otro día quemaron allí mismo los libros suyos que le había regalado a su hermano, con las imágenes y objetos religiosos de la casa.

El 29 de agosto lo mandaron a San Miguel de los Reyes,convertido en prisión, pero debido a su estado lo ingresaron en la enfermería. A su lado, un padre claretiano, Modesto Jorcano, le confesaba,y unos buenos compañeros no le dejaban solo un instante, a ellos les dijo: “Quizas un día en esta cárcel nos valga más ante Dios que toda la vida religiosa”.

Nunca se quejaba de la enfermedad –era diabético-, ni de los carceleros, ni hablaba mal de los revolucionarios: “¿A que no sabéis para que nos ha metido Dios Padre en esta cárcel? Pues para que saquemos unos títulos que no saben dar las academias. La licenciatura o el doctorado de mártires. Si, hijo, para conocer más y mejor lo bueno que es nuestro Padre Dios no hay como vernos aquí hundidos en la cárcel”. El día de la Inmaculada sufrió un ataque de hemiplejia. Le preguntaron si sufría mucho. “Mucho sí, pero todo es poco para ofrecerlo al Señor para que salve a España”. Dos días después, tras confesarse y comulgar, exclamó: “¡Ya soy feliz! ¡Ya pueden matarme!”. Los milicianos pretendían llevárselo y liquidarlo, pero su mal estado lo impidió siempre. El 21 de diciembre exigieron al director de la cárcel que se lo entregara, entre cuatro lo sacaron en un jergón e intentaron introducirlo en el coche, pero tuvieron que rendirse a la evidencia, pues las dimensiones del automóvil no permitían cargar con todo: “Quédate ahí, perro. Es lo mismo. Le pegaremos un tiro mañana”. Pero tardaron una semana: demasiado tiempo. Pudo comulgar también el día de Navidad, agravándose en la noche del 28 de diciembre, y muriendo a media mañana del 29 con un: “Señor mío, Padre mío, en tus manos encomiendo mi espíritu”.

Entre los asesinados ese mismo día en el Picadero de Paterna han sido beatificados: José Aparicio Sanz, arcipreste de Enguera, de 43 años, su coadjutor Enrique Juan Requena, de 33, y el radiotelegrafista y abogado José Perpiñá Nácher, de 25.

Aparicio fue un niño precoz que aprendió a hablar antes que a andar. Ordenado en 1916, durante la epidemia de gripe de 1918 adquiere en Oliva el mote de el santet por su dedicación a la gente. Profundo devoto de la Eucaristía, no solo instaura la devoción de las 40 horas, sino que él mismo en 1922 ingresa en la Congregación Sacerdotal de Misioneros Eucarísticos. Desde 1930 es arcipreste de su pueblo natal. Para evitar interpretaciones políticas, a principios de 1936 suspende los círculos de estudio que daba para jóvenes en la abadía, aunque no merma su petición: “¡Almas, Señor, almas! Tantas almas cuantas gotas de sangre llevo en mis venas”. Según se acerca la revolución, oculta algunos objetos de culto: “Para ser mártires hay que aceptar la muerte, sin defendernos, como venida de la voluntad de Dios”, dice. Cuando confiscan el templo, celebra misa en la antigua iglesia del convento.

El 2 de agosto queman la parroquia, incluida la talla de San Miguel de 1754. Expulsado de la abadía, se recluye en casa de una prima, pero no se oculta: “Quiero ser víctima con mi sotana”. El 11 de octubre le detienen y le llevan al seminario. Al día siguiente, al gobierno civil y la cárcel Modelo. Allí estuvo dos meses con su vicario Enrique Juan. El 29 de diciembre está en cama cuando le llaman para fusilar; aún le da tiempo para pedir al franciscano fray Lorenzo que le absuelva.

Enrique Juan se ordenó en diciembre de 1930. El 1 de octubre se entregó para no comprometer a quienes le ocultaban, siendo también detenido su párroco y un grupo de seglares. Trasladado a Valencia, fue internado en la checa del seminario, y al día siguiente llevado a la Cárcel Modelo hasta sufusilamiento el 29 de diciembre.

El mártir que tenía el pulso normal
Perpiñá estudió con los franciscanos y daba catecismo en su parroquia, además de visitar enfermos, etc. Se colocó como telegrafista en el vapor Baleares y estudió derecho en la Universidad de Santiago de Compostela, prestándose como abogado para defender gratuitamente a los pobres. En 1935 se casó con Francisca Bosch. Era miembro de Acción Católica, de la Adoración Nocturna, etc. Aunque se escondió, aseguraron a su familia que no le pasaría nada, por lo que volvió y fue arrestado el 3 de septiembre. Llevado a la Modelo, dijo a su madre: “Mamá, no hagáis nada por mí; total, unos cuantos tiros y enseguida al cielo”. El sacerdote Antonio Justo, refiriéndose al martirio, dice que “No recuerdo que pasase un solo día sin dar gracias a Dios porque como él decía, le iba a conceder la gracia que le venía pidiendo desde los primeros años de su vida o juventud”. Al salir para ser fusilado con otros siete, incluidos algunos sacerdotes, dijo al oído a un preso: “El Señor me acaba de conceder la gracia por la que tanto he suspirado: el martirio. Y para que veas que no somos nosotros los que resistimos, sino el Señor que es nuestra fortaleza, tómame el pulso”. Según ese testigo, lo tenía completamente normal.

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