El problema del mal y la necesidad de espejos (IX)

voluntad

Hemos dado cuenta, reposadamente, del mal que reside en el desconocimiento. Imaginemos ahora a una persona suficientemente instruida en todo lo que necesita para desenvolverse en la sociedad y tener una vida digna. ¿Tiene asegurada la existencia? Evidentemente, no. El hombre es un ser dinámico, activo, cuyo vivir consiste, entre otras cosas, en estar tomando decisiones de tipo práctico permanentemente, de la mañana a la noche, día tras día. La vida nos ha sido dada, no hecha, y no hay más remedio que construirla. Para ello los conocimientos son imprescindibles pero insuficientes. No basta con entender la realidad, hay que moverse e interactuar con ella. Tradicionalmente se ha tenido claro que a la capacidad intelectual de conocer (entendimiento) le sigue otra capacidad, también intelectual, distinta de la anterior y orientada a la acción: la voluntad.

¿Qué es la voluntad? Dicho de manera muy resumida, la voluntad humana es la capacidad personal que el hombre tiene para tomar determinaciones en las que está implicada la propia persona: para aceptar o rechazar un pensamiento, para dar curso a los deseos o para frenarlos, para formular propósitos y llevarlos a cabo, para ejecutar actos, posponerlos o negarse a hacerlos, para asumir compromisos y responder de ellos, para cumplir obligaciones, para aceptar o rechazar las múltiples solicitaciones que le llegan desde fuera.

También en este frente de la voluntad hay que combatir al mal porque también aquí el mal está ganando victorias día a día. Dentro de las posibles causas que alimentan este avance del mal en el campo de la voluntad, hay dos sobre los que conviene centrar la atención. A mi entender, tanto de manera individual como colectiva, estamos dando curso a dos errores opuestos, contradictorios entre sí, situados en dos extremos, que están fuertemente implantados en la cultura del hombre actual y que campan a sus anchas en terrenos tan decisivos y trascendentales como son la toma de postura ante las adversidades y el sufrimiento, la educación o esa filosofía de vida que se conoce con el nombre de arte de vivir.

Estos errores son los siguientes. El primero es la omnipotencia de la voluntad y consiste en plantear la vida personal como si esta consistiera en conseguir todas las metas imaginables, dando por supuesto que no nos han de faltar los recursos necesarios. Es una propuesta muy atractiva que se resume en el lema “querer es poder” y que tiene la virtualidad de presentarse siempre como novedosa, de rabiosa actualidad, vanguardista, a la cabeza del progreso humano. En la actualidad resulta muy fácil de observar porque aparece de manera implícita y explícita en los campos más diversos: en los mensajes del mundo de la publicidad, en las noticias de los informativos, en la actual ideología de género o en el transhumanismo. Dado su fuerte arraigo en los hombres de todos los tiempos, sus raíces son muy fáciles de rastrear a lo largo de toda la historia humana. Su patrón de conducta se encuentra perfectamente descrito en el relato bíblico de la construcción de la torre de Babel y no hay ninguna parcela humana en la que no se haga presente. En su vertiente espiritual católica también podemos encontrarla como doctrina herética bajo el nombre de pelagianismo.

En realidad se trata de una cosmovisión antropocéntrica que entiende al hombre desde la autosuficiencia, sea actuando individualmente o en sociedad, y la vida como una construcción sin más barreras que las impuestas por los límites tecnológicos. En los últimos cien años esta manera de entender el hombre y la vida ha sido alimentada por corrientes de pensamiento como la filosofía de Marx y de Nietzsche, favorecida por el desarrollo científico y tecnológico, y jaleada constantemente en el escaparate público por los medios de comunicación. Según ella no hay objetivos imposibles, ni logros a los que renunciar. El motor es la voluntad de logro y el combustible que lo hace funcionar, el deseo. ¿Quieres lograr algo? Basta con que lo desees con fuerza suficiente y te apliques a ello con toda determinación. La voluntad humana aparece aquí como una fuerza cuasidivina, ante la cual no hay meta que se resista. Solo hay una pregunta radical: ¿qué quieres?, y todo lo demás queda subordinado al servicio de la satisfacción de esa respuesta.

El error es fácilmente visible, pero no está de más señalarlo expresamente. Está en que la voluntad humana no es omnipotente. La voluntad humana es poderosa, muy poderosa, pero su poder está vallado por limitaciones insuperables. El hombre no siempre puede hacer todo lo que sus deseos le propongan, y a menudo experimenta que hay cosas que no puede hacer nunca por más que las desee, ni es verdad que nos basten nuestras fuerzas para vencer toda dificultad, ni tenemos capacidades ilimitadas. El hombre es una criatura, no es Dios y por tanto no es infinito en ningún aspecto. El hombre está abierto al infinito, pero no es infinito. Más aún, en el hombre solo hay una cosa que sea ilimitada (no infinita), que es precisamente el deseo; fuera de sus deseos, todo está cercado por barreras y sujeciones. No es verdad que con la fuerza de nuestra voluntad podamos hacer posible cualquier aspiración o podamos disolver toda dificultad.

Tengo la impresión de que esto se sabe, pero voluntariamente se ignora, al menos en muchísimos casos. Lo diré con un ejemplo en el que quiero fijarme especialmente. Pienso en las actividades de alto riesgo, en las que la vida se pone en juego, y pienso que si no fuera por nuestro convencimiento de que podemos superar cualquier límite, no tendrían la legión de seguidores que tienen, y ello a pesar de la factura que pagamos en fracasos y en vidas. Cada año son muchas las vidas, y vidas jóvenes, no pocas de padres de familia, que se quedan en el intento de aventuras temerarias que hoy no nos atrevemos a tildar de imprudentes cuando es evidente que lo son. Pero socialmente no está bien visto llamar imprudencia a perder la vida a cambio de una satisfacción subjetiva, es decir a cambio de nada, sea en cualquiera de las mil modalidades que hoy se nos ofrecen: poniendo el cuentarrevoluciones del coche en su tope máximo, descolgándose por precipicios y acantilados con evidente riesgo de despeñamiento, enfundándose en un mono volador emulando a Ícaro, o midiéndose contra fuerzas que le superan al hombre por todas partes. Todo ello es difícilmente justificable, a no ser que el amor al vértigo y a las emociones desbocadas prevalezca sobre el amor a la propia vida y sobre la sensatez más elemental.

¿No se puede poner en riesgo la vida? Sí, pero por causas que objetivamente justifiquen el riesgo, por un bien mayor o al menos igual que la vida que se arriesga, no por una marca ni por la satisfacción egocéntrica de ningún récord. Esa es la gran lección y el gran ejemplo de los héroes, que son los espejos que hoy corresponde traer a colación y de los que andamos tan escasos. Nos sobran ejemplos de hombres y mujeres que pierden la vida persiguiendo objetivos de dificultad extrema pero no a todos se les puede llamar héroes. El héroe no es ningún imprudente, aunque se juegue la vida. Es verdad que en muchas ocasiones los héroes se han jugado la vida, y en muchas otras la han perdido, pero siempre en favor de una causa noble.

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