La tiranía de los ídolos

esclavitud

La Navidad con sus bondades y sus contradicciones ha puesto de nuevo de relieve que el hombre o la mujer se contamina, se esclaviza o se encadena con mucha facilidad de todo aquello que – estando muy cerca de él, cada vez desgraciadamente más cerca,- no le es propio; pero que por el especial carácter tirano de todo aquello acaba atenazándolo. De entre todo ello ahora quisiera hablar de las esclavitudes personales que acaban convirtiendo al ser humano en una piltrafa: deleznable, inservible y desgraciada.

Existen muchas esclavitudes personales, o ídolos, a los que cada uno se adhiere, o que nos atrapan por diversos y variados motivos:

Todo esto es un mundo de desgracias, de tristeza, de iniquidad, de inquietud, de soledad y de amargura.

La esclavitud, venga de donde venga, siempre nos tiraniza y anula, y es sepulcro en el que se entierra la verdad, la dignidad y la grandeza del ser humano.

Decir no a la esclavitud es decir sí: a ti mismo, a la dignidad de tu esencia, al aire puro, a la naturaleza, a la vida, a la creación, a tus seres queridos, al disfrute de los sentidos, a la plenitud, a la gloria, a la luz, al amor, a la felicidad, a Dios.

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