La vida no se da más que una vez y darla por Cristo es lo más grande

No hay beatos del siglo XX español que padecieran martirio entre el 5 y el 13 de enero, así que para el día de Reyes hay que elegir a los siete nacidos un 6 de enero: dos claretianos, dos sacerdotes diocesanos murcianos -uno de ellos el padre Cayetano García, al que amenazaron de muerte ya en febrero de 1936, y entonces dijo que dar la vida por Cristo es lo más grande-, un laico almeriense, un marista y un novicio vicenciano.

Con el claretiano que rezaba una parte del rosario cada hora de cautiverio por orden cronológico de martirio, el primero es un estudiante claretiano asesinado en Fernán Caballero (Ciudad Real) el 28 de julio de 1936: Angel Pérez Murillo, de 21 años y natural de Montánchez (Cáceres, beatificado con sus 15 compañeros el 13 de octubre de 2013 en Tarragona.

También alumno de teología claretiano y asesinado en Barbastro el 18 de agosto de 1936 era Jaime Falgarona Vilanova (izquierda en la imagen), de 24 años y natural de Argelaguer (Girona), beatificado en 1992 con sus 50 compañeros. Él y Atanasio Vidaurreta Labra (derecha), de 25 años, fueron los últimos estudiantes claretianos asesinados en Barbastro, que se salvaron de ir antes a la muerte por estar en el hospital, junto con el hermano Joaquín Muñoz. Pronto se pusieron bien, pero los médicos, que sabían lo que les esperaba, alargaron su permanencia lo que pudieron, hasta que el 15 de agosto, por la tarde, tuvieron que darles de alta, y sus guardianes los llevaron a la cárcel. El anciano Hermano Muñoz se pasaba el día rezando rosarios, pues se había propuesto rezar una parte por cada hora de cautiverio, según la biografía publicada por Hispania Martyr.

El terror imperaba en la cárcel por las noches. Los bocinazos del camión de la muerte a su llegada a la plaza; los ruidos de los cerrojos de las puertas vecinas; la lectura de las listas; la saca de los llamados. Al amanecer del día 18, se abrió la puerta de su celda y les despertó la voz del carcelero que tras los nombres de los sacerdotes Miguel Charles y los hermanos López, leyó el de los tres misioneros claretianos. Al Hermano Muñoz tuvieron que bajarlo entre dos. Al verlo tan achacoso y herniado, los milicianos se dijeron en voz alta: “¿Qué vamos a hacer con este viejo trasto inútil?”, y lo apartaron, volviéndole a subir a la celda. Él contó la vida en prisión.

Los estudiantes Jaime Falgarona y Anastasio Vidaurreta rindieron sus vidas bajo los faros cegadores del camión, en el mismo lugar que sus hermanos, en la carretera hacia Sariñena y Berbegal. Antonio Pueyo lo confirmó, porque se lo dijo Florencio Salamero, el hijo de la muda, del Comité Antifascista de Barbastro. Francisco Santaliestra fue testigo ocular: “Un día, fusilaron a tres y estuvieron los cadáveres hasta las ocho de la mañana. Quedó un rastro grande de sangre, tan grande que hicieron venir a uno para que picase la tierra. La cruz que han levantado luego está, exactamente, en el sitio en que estuvo la sangre”.

Enterrado en un retablo que encargó su madre

El padre Vicente MontserratVicente Montserrat Millán, lorquino de 32 años, sacerdote adscrito en la parroquia de Villanueva de Sigena (Huesca), fue asesinado el 1 de agosto de 1936 en La Almolda (Zaragoza) y beatificado el 25 de marzo de 2017 en Roquetas de Mar (Almería), ya que en esta diócesis se había ordenado en y allí vivía hasta que en 1931 marchó como a Villanueva de Sigena como capellán y administrador de la finca Cuarto bajo del Sisallar:

La convulsión política de aquella comarca de Monegros era grande, prodigándose su celo pastoral entre sus feligreses para prepararlos a la inminente Persecución Religiosa. Él mismo, sabiéndose amenazado, pidió al Capellán del Real Monasterio de santa María de Sigena que le administrara los últimos sacramentos.
El uno de agosto de 1936, tras celebrar la Santa Misa, fue detenido y trasladado al pueblo zaragozano de La Almolda. Nada más llegar, hacia las cuatro de la tarde, fue martirizado junto a las tapias del cementerio. Diez disparos y una puñalada colocaron sobre sus sienes la corona de los Mártires de Cristo.

Como recuerda don Jorge López Teulón, sus reliquias han sido depositadas en un altar en honor a san Vicente que encargo la madre del sacerdote en la misma parroquia de Lorca (San Mateo) en la que fue bautizado.

El sacerdote que le absolvió, Antonio Montull, que atendía el monasterio por los restos de cuyas obras de arte se pelearían durante décadas aragoneses y catalanes (nietos, con los matices del caso, de aquellos que quemaron el monasterio y mataron a los curas), no ha sido beatificado.

Perdonó y bendijo a sus asesinos

El padre Cayetano García.Cayetano García Martínez, de 41 años y también murciano, pero de Jumilla,  donde le mataron el 15 de agosto de 1936, era sacerdote de la diócesis de Cartagena y fue beatificado en Madrid el 11 de noviembre de 2017 con los mártires vicencianos, ya que formaba parte de la asociación de Hijos de María de la Casa de Misericordia:

En junio de 1935, cuando D. Cayetano se hizo cargo de la parroquia de Lorquí, el pueblo estaba furiosamente imbuido de las ideas marxistas contra todo lo religioso. En el carnaval del año siguiente cantaban las comparsas canciones ofensivas a la religión en la puerta de la iglesia para hacerle sufrir. En febrero algunos entraron en la iglesia dando gritos, insultándolo e incluso amenazándole de muerte y el párroco se enfrentó a todos con una valentía enorme, diciéndoles que la vida no se da más que una vez y que darla por Cristo era lo más grande. En julio de 1936 los milicianos se incautaron de la casa parroquial y les hicieron salir inmediatamente, sin tiempo para coger lo más necesario. Lo que sí pudo sacar D. Cayetano es el Stmo. Sacramento de su pequeño oratorio. Una señora piadosa les dejó una casa. Las autoridades comunistas no pararon de molestarle. El día 15 de agosto de 1936 milicianos del Frente Popular de Jumilla, su pueblo natal, invadieron la casa y se llevaron al sacerdote y a su cuñado, Roberto Bernal. Los tuvieron un rato en el ayuntamiento de Jumilla y, sobre las 11 de la mañana, los condujeron por la carretera de Cieza hasta el lugar de la ejecución, junto a la ermita de San Agustín. D. Cayetano impartió la absolución a su cuñado y trató de darle ánimo con un abrazo. Murieron gritando ¡Viva Cristo Rey!
Recién terminada la guerra, un vecino de Jumilla, acusado de haber disparado contra D. Cayetano y su cuñado, se presentó ante su madre y hermana a pedir clemencia. Les contó con detalle todo lo que pasó en los últimos momentos. De tal modo quedó grabada en la familia el perdón generoso de D. Cayetano que, como testifica su sobrina Isabel que estuvo presente: “Mi madre y mi abuela perdonaron de corazón a los asesinos de mi tío y de mi padre, porque sabíamos que él les había perdonado y bendecido antes de morir”.

José Tapia Díaz de Villachica, laico almeriense de Terque, a sus 23 años era escribiente y miembro de Acción Católica. Fue asesinado el 20 de agosto de 1936 por no blasfemar, junto con un obrero también beatificado en Roquetas de Mar el 25 de marzo de 2017:

Un amigo de aquella época recordaba: «Como hecho significativo de su vida, digno de destacar, quiero decir que en varias ocasiones él me confesó que le agradaría, y le pedía al Señor, morir mártir de la religión. Y dos o tres días antes de que lo mataran, cuanto ya habían comenzado a fusilar a algunas personas, me volvió a repetir que deseaba que Dios le concediera el deseo.»
Se encontraba en la plaza de su pueblo con el Siervo de Dios don Enrique Rodríguez Tortosa. Los milicianos hicieron acto de presencia y querían obligarlos a blasfemar. Ante las amenazas de asesinarlos sí se negaban, contestó el Siervo de Dios: «Nada malo me ha hecho el Señor, pues debo darle gracias por tanto bueno como me concede. Por nada puedo ofender al Señor y menos aún blasfemar contra él.»
A sus veintitrés años, lo obligaron a subir a una camioneta y los arrojaron en la cuesta de la rambla de Gérgal. «Dicen que durante el viaje les hablaba a los milicianos, manifestándoles su perdón ante la muerte que sabía próxima. Alguno de los milicianos lo contó después. Murió gritando: “¡Viva Cristo Rey¡”.»

Compañeros del primer mártir de la revolución
El marista Leonardo (hermano Egberto) Arce Ruiz, de 29 años y natural de Arcellares (Burgos), fue asesinado el 23 de octubre de 1936 y beatificado en Tarragona el 13 de octubre de 2013. Como Martín Erro Ripa (hemano Teófilo Martín), de 22 años, el hermano Egberto trabajaba en la escuela de Barruelo de Santullán (Palencia) donde habían matado, en la madrugada del 6 de octubre de 1934, al hermano Bernardo (Plácido Fábrega Juliá), primer mártir en orden cronológico de los beatificados del siglo XX en España.

Junto con otro de los cuatro maristas, al estallar la guerra, y con autorización de sus superiores, Arce y Erro tomaron el tren hacia Burgos, pero en la estación de Quintanilla de las Torres, según la información de su proceso de beatificación, “unos empleados del ferrocarril los reconocieron y algunas mujeres se pusieron a aullar y a pedir que los fusilaran. Los milicianos los detuvieron, los llevaron a Reinosa y los encerraron en la cárcel”. Allí, según un superviviente, “el viernes, 23 de octubre, a las 10 de la mañana, se abre la puerta del sótano: llaman a Martín Erro Ripa y a Leonardo Arce Ruiz. Nos separamos para no volverlos a ver. Por la cerradura pudimos ver cómo los esposaban; los hicieron subir a un coche y desaparecieron. Nos hicieron creer que los llevaban a Santander”. Tras la conquista de Santander, el 14 de octubre de 1937, en el Monte Saja, a 40 Km. de Reinosa, se descubrió una fosa común con 43 víctimas, entre ellas los dos maristas. Los cuerpos mostraban señales de mutilación, y de haber sido maniatados con alambres y cuerdas.

José García Pérez, novicio vicenciano de 21 años y natural de Lavadores-Tui (Pontevedra), se dedicaba en la cárcel a lavar la ropa de los presos mayores. Fue asesinado en Paracuellos de Jarama el 28 de noviembre de 1936 y beatificado el 11 de noviembre de 2017.

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