Obreros: los mártires morimos amando y perdonando

Cuatro mártires de la Revolución Española nacieron un 3 de enero: un sacerdote claretiano asesinado en Barbastro, el laico Juan Bautista Faubel -uno de los fundadores de Derecha Regional Valenciana-, otro sacerdote valenciano y un hospitalario zaragozano.

Hemos ofrecido nuestra vida por vuestra salvación

El claretiano Wenceslao María Claris Vilaregut, de 29 años y natural de Olost de Lluçanès (Barcelona) fue fusilado con otros cuatro sacerdotes y un hermano cooperador el 12 de agosto de 1936 en Barbastro, y beatificado el 25 de octubre de 1992. Claris había dejado el siguiente escrito: “¡Obreros, los mártires morimos amándoos y perdonándoos. Muchos hemos ofrecido nuestra vida por vuestra salvación. Fijaos si es sincero nuestro interés por vosotros!”.

Si tenéis fe, hay que estar dispuesto a dar la sangre
El siguiente en morir fue el laico Juan Bautista Faubel Cano, de 47 años y natural de Paterna (Valencia), donde también fue asesinado el 28 de agosto. Casado con Patrocinio Beatriz Olba Martínez y padre de tres hijos, era pirotécnico y fue beatificado en 2001. Durante la República, fue uno de los fundadores de la Derecha Regional Valenciana para despertar el sentido social de las juventudes católicas, en estrecha colaboración con el coadjutor de la iglesia arciprestal de Liria, Miguel Aliaga Turó. Frente a la legislación laicista, fundó unas escuelas primarias católicas con ayuda de otros creyentes. Era militante de la Acción Católica. Al comenzar la guerra, las hermanas del Monasterio de San Miguel se refugiaron unos días en el domicilio de Faubel, que les decía a las religiosas que no se marcharan de aquella residencia, pues mientras estuvieran en su casa, no se lo llevarían. El día que las religiosas se marcharon, por la noche se presentaron los milicianos a detenerle. Una religiosa declaró que “ante las insistencias de su familia para que ocultase un crucifijo del comedor, se negó diciendo que tal crucifijo era el dueño de la casa, y que no se podía ocultar”. Cuando prendieron fuego a la iglesia arciprestal, Faubel corrió y, sin hacer caso de quienes le gritaban, sumió las sagradas formas para que no fuesen profanadas. Continuó sus actividades cotidianas con total naturalidad.

Sus amigos le aconsejaron que se escondiera y les contestó siempre “que si Nuestro Señor necesitaba su sangre, no tenía por qué negársela; si mi sangre hace falta para salvar España estoy dispuesto a darla” y también que “no tenía por qué esconderse, pues no había hecho mal a nadie”; incluso replicó: “¿Vosotros tenéis fe? Pues si tenéis fe hay que estar dispuesto a dar la sangre por Dios y no tener miedo”. Cuando fueron a detenerle a medianoche del 6 de agosto, después de tranquilizar a su esposa, tomó el crucifijo y salió. Lo llevaron con otros ocho a la zona llamada Els Olivarets en Liria, y le atormentaron pinchándole con una aguja y disparando al aire para aterrorizarlo. Después lo llevaron a la cárcel de Liria donde estuvo un par de días, y posteriormente fue trasladado a la prisión de San Miguel de los Reyes. De allí se lo llevaron a Valencia, momento que aprovechó para dar a una empleada un cheque para que sacara su dinero del banco. En la madrugada del 28, con doce más, lo fusilaron en la carretera de Valencia a Ademuz, término de Paterna, mientras gritaba “¡viva Cristo Rey!” y apretaba en su mano el crucifijo.

El sacerdote Pascual Penadés Jornet, de 42 años y natural de Montaverner (Valencia), era regente de Bélgida y fue asesinado el 15 de septiembre en el Puerto de Cárcer, y beatificado también en 2001. Cuando estalló la revolución, consiguió que le permitieran consumir la Eucarístía, y solo después entregó las llaves de la iglesia. Expulsado de Bélgida, se refugió en casa de sus padres, en Montaverner. Una vecina de la familia declaró: “Yo estaba en su casa cuando llegó. Al entrar rompió en un sollozo. Estaba triste, pero no acobardado”. Sobre su partida, contó una sobrina del sacerdote: “Mi padre fue a la Casa Abadía para llevarse a mi tío a nuestra casa. Entonces lo escondió en unas bodegas. No puedo precisar el tiempo que estuvo escondido en casa de mis padres. Lo que si puedo decir es que una noche a escondidas, escuché a mi tío, que le estaba hablando a mi padre y le decía: Yo no puedo seguir aquí, porque te comprometo. Tu tienes muchos hijos, y yo no tengo nada que perder. Sé que a la mañana siguiente, muy de mañana se fue a campo través a Montaverner, donde tenía sus familiares”.

Sobre lo que iba a sucederle, había hablado con el seminarista José María Tormo Cerdá: “Ya estallada la Revolución, traté con él con frecuencia y no hacía grandes ni extensos comentarios a la situación. Se limitaba a decir: Nos matarán, hay que estar bien preparados, y no solía salir de estas exclamaciones, que yo le oí muchas veces. Era pues pesimista y ante los adversos acontecimientos reaccionaba serena y sacerdotalmente”. Su cuñado Vicente Agulló Ortiz le acompañó casi hasta el final: “El día 15 de septiembre de 1936, de las dos a tres de la madrugada, llamaron a casa del declarante dos individuos desconocidos y me preguntaron si era el cura, lo que contesté que no, que el cura era mi cuñado y presentado el mismo, le dijeron tenía que ir con ellos a Bélgida, a prestar declaración”. Llevaron a los dos al comité de Montaverner y después a Bélgida. “Llegados a Bélgida y ya en el Comité, había allí varios individuos, entre los que pude conocer a F.J.A y a José María Tormo Cerdá, estudiante de cura. Una vez allí, pude ver cómo alguno de los presentes preguntaba a mi cuñado si conocía al cura de Otos, que también asesinaron aquella noche, y que estaba presente, a lo que contestó mi cuñado afirmativamente, tomándole declaración, la cual no pude oír. Luego me preguntaron los forasteros si quería acompañarles, contestándoles que no, y me respondieron que hacía bien. Me instaron a que subiera a mi auto, regresando a este pueblo con los dos milicianos y el conductor del viaje de ida”. La partida de Penadés fue vista también por su prima Josefa Tormo Ferri: “Sé que vino el Comité de Bélgida para llevárselo a declarar, decían. Su hermana se arrodilló a los pies de los milicianos rogando y suplicando que no se lo llevaran, pues presentía la desgracia. D. Pascual serenamente y sin pretexto alguno subió al coche”. Vicente Agulló encontró el cadáver en el cementerio de Llosa de Ranes y supo que lo habían matado en el Puente de los Perros (Puerto de Cárcer), alrededor de las 6 de la mañana: “tan desfigurado estaba por los tiros, que no le hubiera reconocido”.

El religioso hospitalario Cruz Ibáñez López, de 50 años y natural de Sabiñán (Zaragoza), fue asesinado el 4 de octubre de 1936 con sus compañeros del Hospital Infantil San Juan de Dios del barrio valenciano de La Malvarrosa, y beatificado en Tarragona el 13 de octubre de 2013.

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