Queremos ir al Cielo, si nos matan nos harán ir directamente y se lo agradeceré

Felipe de Jesús Munárriz Azcona es uno de los siete mártires del siglo XX en España que nacieron un 4 de febrero. También es una de las 13 personas con cuyo sacrificio quiso satisfacer su sed de sangre un grupo de milicianos de Ginestar (Tarragona). En total, 245 presos fueron ejecutados en Barbastro durante la revolución.

Parte de la historia relatada en la película “Un Dios prohibido”

Felipe de Jesús Munárriz Azcona, sacerdote claretiano de 61 años, nacido en 1875 en Allo (Navarra), fue asesinado en el cementerio de Barbastro (Huesca) el 2 de agosto de 1936 con otros dos sacerdotes claretianos -y otras 10 personas- y beatificado el 25 de octubre de 1992 con 50 compañeros de congregación.

El proceso revolucionario en Barbastro puede resumirse en la inacción por parte del ejército y la Guardia Civil, y la toma de las calles por las milicias izquierdistas, y está prolijamente relatado, entre otros documentos, en un largo informe anónimo que ocupa los folios 567 a 599 del expediente número 1 en el legajo 1409 de la Causa General.

Por lo que hace a los religiosos claretianos, El 1 de julio llegaron 30 seminaristas mayores de Cervera (Lleida), a los que solo faltaba un curso para ordenarse sacerdotes, ante la falta de seguridad tras las elecciones de febrero. Se trataba también de resolver la necesidad de que 21 de ellos hicieran el servicio militar acogiéndose a la reducción que se lograba demostrando haber recibido instrucción previa. En Barbastro había militares retirados que ofrecían esa instrucción, aunque al hacerla corrió el bulo de que “los claretianos tienen armas y se están preparando”. El 8 de julio, uno de los seminaristas, Agustín Viela, describía por carta la situación a su madre, Ambrosia Ezcurdia:

“Como hay ejército, no se atreverán a molestar”
“El lunes comenzaron ya los quintos la instrucción militar bajo la dirección de militares retirados. Esta es la causa primera de haber venido tan pronto este año a Barbastro. Quizá habrá influido algo la situación de la casa de Cervera, pues con el cambio de ayuntamiento comenzaron los líos serios y fuertes para echarnos de allí. Por eso quizá los Superiores creyeron conveniente disminuir el número de individuos de aquella casa y así nos marchamos pronto los que nos tocaba salir este verano. Lo que Vd. me pregunta acerca de las dos casas que nos han quemado no es del todo exacto, como dice. En esta provincia que nosotros llamamos de Cataluña, solamente quemaron los muebles de la casa e iglesia de Requena (Valencia) y nos han hecho salir, cerrando la casa y el colegio externo, de Játiva (Valencia). En la provincia de Castilla y más aún en las de Andalucía nos han perjudicado mucho más. Aquí estos de Barbastro creo que no son muy atrevidos ni arrojados, además como hay ejército y los jefes son muy buenos, creo que no se atreverán a molestarlos”.

Pero los militares comprometidos no salieron a la calle en Barbastro, y sí lo hicieron los revolucionarios. El 20 de julio de 1936, unos 60 irrumpieron en el colegio de los claretianos. Según declaró en la posguerra el superior claretiano Antonio Arranz, “iba al frente de ellos uno que le denominan de apodo Zapatillas y otro llamado Alejandro Sopena, el cual se impuso sobre los restantes, ya que los demás querían en el acto matar a todos los padres y estudiantes”.

Los asaltantes no encontraron armas, pero después del registro se llevaron presos a los tres responsables: al superior, padre Felipe de Jesús Munárriz; al formador-director del teologado, padre Juan Díaz; y al administrador, padre Leoncio Pérez, a la cárcel municipal. Por estar esta atestada, serían los tres trasladados el 25 de julio al convento de las Capuchinas.

Salvo tres enfermos que fueron llevados al hospital militar, los otros 54 padres y estudiantes fueron detenidos una hora más tarde y conducidos en ternas por las calles de Barbastro entre dos cordones de guardias, hasta llegar al colegio de los escolapios, frente al ayuntamiento. El día 23, un camión de guardias de Asalto descargó en él a una veintena de presos procedentes del monasterio de Nuestra Señora del Pueyo (benedictinos). Entremedias fue detenido también el obispo, el día 21, e instalado con dos familiares en el primer piso del colegio, donde estaba el apartamento del rector; en esa planta, la del internado, estaban además los escolapios y benedictinos, quedando los claretianos en el salón de actos de la planta baja (en total, el edificio albergaba más de 90 clérigos).

“Hasta los perros llevaban la bandera comunista”
El argentino Atilio Parussini describió así, en carta a sus familiares fechada el 29 de septiembre, las condiciones del encierro sufrido en Barbastro:
“Este salón de actos da a la pequeña plaza del Ayuntamiento (municipalidad) y las ventanas están bajas; de modo que la gente nos veía; al principio hacían de guardia simples paisanos y dejaban entrar en el salón, y así desde fuera y desde dentro nos insultaban, nos amenazaban con armas, blasfemaban y hablaban puercamente; hablábamos muy bajito; dormíamos en algunos bancos y en el escenario; ni dormir nos dejaban aquellas terribles fieras humanas; nos quitaron hasta los alfileres y cortaplumas; no teníamos libros para pasar el tiempo; comulgamos varios días a escondidas, entre los bastidores; rezábamos muchas partes del rosario en particular y en grupitos; no podíamos hablar con ninguno de afuera; algunos guardias ni nos dejaban mover. Comíamos poco, pero lo suficiente, gracias al padre rector de los Escolapios y al que nos hacía la comida, que era un hermano nuestro, al que llamaban obrero explotado.

Todos los días, mañana y noche, puestos en dos filas nos contaban, y revisaban el salón, fusil en mano. Afuera mucho desorden, la bandera comunista por todas partes, hasta los perros llevaban su lazo. Más de cuatro veces recibimos la absolución, creyendo que la muerte ya se nos echaba encima; un día estuvimos casi una hora quietos, sin movernos, esperando de un momento a otro la descarga. ¡Qué terrible! Es cuando más se sufre; entonces cada minuto se hace interminable y uno desea que descarguen de una vez, para no sufrir tan cruel agonía, que no acaba más que con una blasfemia o una risotada sarcástica y burlona de los feroces guardias rojos.”.
A las estrecheces de alimento, bebida y aseo se sumó, a partir del día 25, la llegada de 1.500 milicianos y 80 milicianas de Barcelona, a los que el comité local dio carta blanca para destruir cuanto tuviera que ver con el culto religioso. Codina, miembro del comité local, habría negociado con el jefe de la columna, Ramón Casanellas, hijo del fundador del Partido Comunista Catalán, para que no mataran a los presos. Esa relativa tranquilidad terminaría el 1 de agosto, cuando milicianos de Ginestar (Tarragona) llegaron y obtuvieron del comité local un “vale por 20 hombres” cuyas vidas se cobraron la siguiente madrugada ante las puertas del cementerio.
De la cárcel municipal, celda de cinco por cinco metros con un único ventanuco, que había llegado a alojar a 21 personas, los tres superiores claretianos fueron trasladados el día 25 con otros 350 presos al convento de las Capuchinas. Allí les despertaron a las 2 de la mañana del 2 de agosto, con otros 17. El padre Díaz se vestía despacio, recitando sus oraciones y recordando el tema de la oración de la mañana, como era su costumbre y exigía su Regla misionera. El carcelero se impacientó:
-¡Aprisa, aprisa, que os están esperando!
-Pero bien podré ponerme la sotana.
Donde ha de ir, no la necesitará.
Alrededor de las tres de la madrugada, una enfermera de Angüés, Amparo Esteban Fantova, los vio, atados de dos en dos y rodeados de gente armada, atravesar la carretera de Huesca y cruzar por detrás del viejo hospital, hacia el cementerio.

Los otros siete mártires nacidos un 4 de febrero

El padre Miguel Baixeras.El también sacerdote claretiano Miguel Baixeras Berenguer,  de 28 años y natural de Castelltersol (Barcelona), fue asesinado en Lérida el 25 de julio de 1936 y beatificado en Barcelona el 21 de octubre de 2017. Su hermano Juan fue más tarde uno de los 20 estudiantes claretianos asesinados en Barbastro el 15 de agosto siguiente. La biografía de la beatificación publicó una carta del 1 de marzo de 1936 con la que transmitía a sus padres su disposición al martirio:

El día 21 de julio de 1936 fue aprisionado con los demás en la buhardilla de la casa de la Sra Puig y llevado a la cárcel. Aquí le colocaron en el mismo departamento que a los PP. Torres y Tamarit. Siguió la misma suerte que los demás. Los días que estuvo en la cárcel los pasó con serenidad dedicado a la oración y preparación inmediata al martirio, pues su disposición al martirio la había manifestado a su familia bastante tiempo antes con estas palabras:

«Y ¿el miedo? Nunca lo he tenido tan fresco. Lo que nosotros queremos es ir al cielo y yo creo que si nos matan, nos harán ir directamente, por el atajo más corto y se lo agradeceré mucho».

A las 4,30 de la mañana del día 25 de julio fue sacado de la cárcel junto con los mencionados Padres y fusilado a las 4,45 en el campo de Marte de Lérida. Fue enterrado en la fosa común llamada «Fosa de los mártires», donde ha sido imposible individuar sus restos.

Facundo Escanciano Tejerina (fray Aurelio de Ocejo), religioso profeso capuchino de 55 años, nacido en 1881 en Ocejo (León), fue asesinado en Madrid el 17 de agosto de 1936 y beatificado en 2013.

Alberto José Larzábal Michelena (hermano Junián Alberto), de las Escuelas Cristianas, de 43 años y nacido en 1893 en Irún (Guipúzcoa), fue asesinado en el distrito madrileño de Arganzuela el 30 de agosto de 1936 y beatificado en 2013.

El sacerdote de 48 años Vicente Ballester Far, nacido en 1888 en Benidoleig (Alicante), era capellán de de las Agustinas de Xàbia (Valencia), fue asesinado el 23 de septiembre de 1936 en la carretera de Teulada a Benissa (Alicante) y beatificado en 2001.

José Peque Iglesias, alumno de teología agustino, de 21 años y nacido en 1915 en Rosinos de Vidriales (Zamora), fue asesinado el 28 de noviembre de 1936 en Paracuellos de Jarama (Madrid) y beatificado en 2007.

José Luis Carrera Comas (hermano Agapio José), lasaliano de 55 años, nacido en 1881 en Santa Coloma de Farnés (Girona), fue asesinado en Barcelona el 9 de diciembre de 1936 –lo relaté en el día del aniversario– y beatificado en 2007.

José Manuel Julián Mauro Gutiérrez Ceballos, sacerdote dominico del convento de Las Caldas de Besaya, tenía casi 60 años (nació en 1876 en Torrelavega, Cantabria) cuando lo ahogaron en la bahía de Santander, el 23 de diciembre de 1936, como relaté en su aniversario; y fue beatificado en 2007.

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