¡Todos debéis ser quemados vivos!, dijo un exseminarista

Sepulcro de los mártires en el Convento de Capuchinos de Antequera (Málaga).

Nueve mártires del siglo XX en España nacieron un 24 de febrero: un hospitalario navarro y otro soriano, un franciscano palentino, tres capuchinos de Granada, Málaga y Valencia, un sacerdote mercedario turolense, un salesiano guipuzcoano y un cooperador claretiano de Lleida.

Le dieron grandes golpes al gritar “¡Viva Cristo Rey!”
Jerónimo Ochoa Urdangarín, de 32 años (nació en Goñi, Navarra, en 1904), era profeso de la orden hospitalaria de los hermanos de San Juan de Dios, fue asesinado el 25 de julio de 1936 en Talavera de la Reina (Toledo), junto al Santuario de Nuestra Señora del Prado, y beatificado en 1992. Séptimo de ocho hermanos e hijo de pastores, tenía un hermano y un primo en la orden, en la que ingresó con 17 años en 1921, haciendo su profesión solemne en 1928 y desempeñando el oficio de cocinero.

Además del hermano Jerónimo, los hospitalarios de San Juan de Dios de Talavera eran Eloy Francisco Felipe Delgado Pastor (hermano Juan de la Cruz), de 21 años, el hermano Primo Martínez de San Vicente Castillo, de 32; más el sacerdote Carlos Rubio Álvarez (padre Federico), de 73 años. El padre Rubio Álvarez, de origen muy humilde -fue pastor hasta los 14 años-, cursó estudios en la Universidad Gregoriana de Roma, ciudad, donde se ordeno sacerdote en el año de 1899. Fue superior de la provincia hispano-mexico-lusitana de San Rafael de la orden de San Juan de Dios (1911-19), prior de Gibraltar (1919-22) y después director espiritual y capellán de varios centros.

El 14 de enero de 1939, el estado 3 de Talavera de la Reina en la Causa General (legajo 1045, expediente 32, folio 08), relataba así la muerte de los hospitalarios: “El 23 de julio entraron los comunistas en el Convento pidiendo las armas que tuvieran. El 25 del mismo mes les sacaron con grandes insultos a la calle llevándoles al Teatro Victoria (foto abajo), donde simularon un juicio y obligándoles a gritar ¡Viva el Comunismo!. Les condenaron a muerte y al hermano Jerónimo le dieron grandes golpes al gritar ¡Viva Cristo Rey! Les metieron en un coche, al que seguían otros, les llevaron a la Ermita del Prado y al lado de una Cruz de piedra les fusilaron” (última foto).

Jorge López Teulón, al escribir sobre estos primeros mártires de la Orden Hospitalaria de San Juan de Dios, señala que habían abierto en Talavera en 1935 una escolanía misionero-hospitalaria con finalidad vocacional. Allí, el 18 de julio, día de San Federico, habría predicado el padre Rubio Álvarez “a los novicios que pidiesen a su santo Patrón le alcanzase del Señor la gracia de imitarle en el martirio”. Cuando fue arrestado le ordenaron que se vistiera de paisano. Expresó que era sacerdote y debía vestir como tal, insólita actitud que irritó a sus captores, quienes le amenazaron y abuchearon. Ante el tribunal, declaró: “Me llamo Federico y soy sacerdote, y como no sé el tiempo que he de estar aquí, traigo unas formas por si puedo celebrar Misa”, y sacó para mostrarles una cajita que tenía en uno de sus bolsillos. Un miliciano le dijo: “las hostias yo las llevo aquí, en el cañón de mi fusil, y pronto os las vamos a dar a vosotros”. Tras la parodia de juicio, fueron recluidos hasta las 16,30, en que se los llevaron en un coche. Junto a la ermita de del Prado, los bajaron, les hicieron caminar “y, a quema ropa, les acribillaron a tiros de pistola, fusil y escopeta”, según el relato citado por López Teulón.

Fray Primo Martínez, había ingresado en 1885, con 16 años, en la Orden Hospitalaria, e hizo sus votos solemnes en 1902. Sirvió en centros psiquiátricos (Pozuelo y Sant Boi), horfanatos (Málaga, Pinto y La Línea) y en México de 1909 a 1915. La revolución mexicana le forzó a volver a España, donde trabajó en diversos hospitales y sanatorios psiquiátricos, pasando finalmente a ser vicario prior en Talavera. El 23 de julio, ofreció un refresco a los milicianos que hacían el registro, quienes dijeron al marcharse a Fray Juan de la Cruz: “Sabemos que son ustedes muy listos, pero tendrán que mudar de oficio”. Tras el fusilamiento, sobrevivió varias horas en el hospital. Fue reconocido por el Dr. Sampol, pero su gravedad impedía toda intervención, pues tenía “destrozado todo el costado derecho, con gran pérdida de sangre y tejidos. Sufría mucho; padecía abrasadora sed y pedía agua; besaba el escapulario del Carmen que llevaba al pecho, y repetía: Virgen del Carmen, ten piedad de mí; Señor, perdónalos como yo los perdono, y movía mucho los labios, musitando oraciones. Murió a eso de las siete de la tarde”.

Fray Juan de la Cruz Delgado, que había ingresado en la orden en 1929 siguiendo el ejemplo de un hermano suyo mayor, e hizo por primera vez votos temporales en diciembre de 1932, también sobrevivió a la ejecución. Se arrastró hasta cerca de un puente y hacía señales a los transeúntes; tenía destrozada la cara y el pecho; no podía hablar, pero señalaba la gran cruz de piedra que hay en el lugar, levantando los brazos y juntando las manos, en ademán de pedir misericordia. Murió cuando le conducían al hospital. La noche antes, había manifestado su disposición al martirio: “Debemos estar contentos, muy contentos y prontos a dar nuestra vida, si Dios nos la exige”.

Asesinado en Velázquez esquina con María de Molina

Gonzalo Gonzalo Gonzalo
-sus padres eran primos hermanos-, hospitalario de la provincia castellana, de 27 años (nacido en Conquezuela, Soria, en 1909), fue asesinado el 4 de agosto de 1936 en Madrid y beatificado en 1992. ingresó en la orden hospitalaria con 21 años y en 1933 fue destinado a la comunidad del asilo-hospital de San Rafael de Madrid, de la que era limosnero a comienzos de 1936. Al estallar la guerra, la comunidad, compuesta por 35 hermanos, suspendió por un tiempo la petición de limosnas, pero tuvo que reanudarla porque era su único medio de vida. El día 4 de agosto fray Gonzalo salió a pedir y fue apedreado en una casa. En otra de la calle María de Molina fue denunciado a los milicianos que le arrestaron y procedieron a asesinarlo junto a la checa, en la esquina de Velázquez con María de Molina. Su cadáver estuvo un tiempo abandonado en el suelo.

¡Los curas y los frailes no hacemos mal a nadie!
Modesto Vegas Vegas, sacerdote franciscano menor conventual, nacido en 1912 en La Serna (Palencia, tenía 24 años), fue asesinado el 27 de julio de 1936 en el bosque de Can Moncada (Lliçà d’Amunt, Barcelona) y beatificado en 2001. Había estudiado en Granollers desde que con poco más de 12 años se fue de Palencia al seminario de su orden en esa localidad barcelonesa, pasaría allí también sus últimos momentos, previa una estancia en Ósimo (Italia), donde terminó sus estudios y fue ordenado sacerdote en 1934. Desde octubre de ese año, regresó a la comarca del Vallés oriental, predicando y confesando en la iglesia conventual de Nuestra Señora de Montserrat y San Antonio de Padua.

El 19 de julio, Vegas se refugió en casa donde servía su hermana Carmen, qà çue era la de la terciaria franciscana Dolores Artigas Font, casada con José Anglada Artigas. Allí permaneció hasta el 27 de julio. Algunos vecinos alertaron a Dolores sobre un inminente registro. El padre Modesto, enfermo, abandonó la casa a las tres y fue con su hermana al Hospital-Asilo de Granollers. En el paso a nivel del tren en la antigua carretera de Cardedeu y a corta distancia del hospital, aunque iba vestido de seglar, un grupo de niños lo reconoció y comenzaron a gritar y a llamarle por su nombre: ¡Padre Modesto! ¡Padre Modesto! Esto alertó a unos milicianos de la FAI, que lo detuvieron.

Ante el Comité Revolucionario de Granollers, cuenta su hermana Carmen que durante el interrogatorio “preguntaron a mi hermano si era religioso, lo que no negó ni afirmó. Fui yo la que negué esta condición de mi hermano, con el fin de salvarlo de una muerte que creía segura. Nos invitaron a sentarnos un momento para que nos recordáramos de esto. Durante este tiempo, mi hermano me rogó que no ocultase su condición de religioso, y yo me oponía a ello. Interrogado nuevamente, aun siendo consciente del peligro mortal que implicaba semejante confesión, mi hermano afirmó ser religioso: ¡Soy un religioso y sacerdote franciscano! A la confesión de mi hermano, los rojos prorrumpieron en horrendas blasfemias, y en acusaciones contra los curas y los frailes. Entonces mi hermano, con calma y serenidad, replicó: ¡No es cierto! ¡Los curas y los frailes no hacemos mal a nadie! ¡Por el contrario, hacemos todo cuanto está a nuestro alcance en beneficio de los demás! Entonces un ex-seminarista, lleno de ira y de rabia, contestó: ¡No seas embustero! ¡Yo he estudiado con curas y frailes y os conozco bien! ¡Todos debéis ser quemados vivos!”.

Carmen quedó en libertad mientras subían a su hermano a un camión, según dijeron para llevarlo a la cárcel. Lo condujeron al bosque de Can Montcada, en Lliçà d’Amunt, a unos cuatro kilómetros de Granollers. Dolores Anglada oyó decir a uno de los que le conducían que el franciscano preguntó: “¿Me lleváis a la muerte?”. Respondieron que no, pero el padre Modesto añadió: “¿No tenéis compasión con un pobre enfermo?”, a lo que respondieron: “¡Si realmente estás enfermo, ya no tienes nada que hacer en esta vida! ¡Nosotros te vamos a llevar a un lugar donde, según tus creencias, estarás mucho mejor!”. Lo fusilaron a las cinco de la tarde y su cadáver quedó tres días abandonado, hasta la tarde del 30 de julio en que fue enterrado en una fosa común del cementerio de Lliçà d’Amunt.

Alejandro (José de Chauchina) Casares Menéndez, de 39 años -nació en 1897 en Chauchina (Granada)- era diácono capuchino en el convento de Antequera (Málaga) y allí fue asesinado, junto con José María Recalde Magúregui (Ignacio de Galdácano), sacerdote de 24 años; Andrés Soto Carrera (Gil de Puerto de Santa María, sacerdote) y Rafael Severiano Rodríguez Navarro (Pacífico de Ronda, profeso), ambos de 53 años; José González Ramos Campos (Ángel de Cañete la Real), sacerdote de 57 años (exactamente 18 años mayor que Casares, pues nació el 24 de febrero de 1879 en Cañete la Real, Málaga); y Juan Silverio Pérez Ruano (Crispín de Cuevas de San Marcos), profeso de 60 años. Fueron beatificados en 2013.

Pedro Salcedo Puchades (fray Pacífico de Valencia), hermano capuchino de 62 años -nació en 1874 en Castellar, Valencia-, con 25 años ingresó en el convento capuchino de l’Ollería, haciendo en 1900 la profesión temporal en las manos del fundador, Luis Amigó. Fue hermano lego en el convento de Masamagrell. Durante la guerra, se fue a vivir con un hermano. En la noche del 12 de octubre unos milicianos se lo llevaron a empujones y culatazos. Él empezó a rezar el rosario. Lo sacaron fuera de Valencia, al barrio de Monteolivete, y lo fusilaron. Fue beatificado en 2001.

Francisco Gargallo Gascón, sacerdote y comendador mercedario de El Olivar, de 64 años (nació en 1872 en Alacón, Teruel), fue asesinado en Castellote (Teruel) el 7 de agosto de 1936 y beatificado en 2013 (ver entrada del 12 de enero).

José María Celaya Badiola, salesiano coadjutor de la comunidad de Mohernando (Guadalajara), de 49 años (nació en 1887 en Azcoitia, Guipúzcoa), murió el 9 de agosto de 1936 en la enfermería de la cárcel de Ventas (Madrid), a consecuencia de los malos tratos sufridos, y fue beatificado en 2007.

Les vieron coger del suelo las cuerdas y besarlas
Alfonso Miquel Garriga, hermano cooperador claretiano de 22 años (nació en 1914 en Prades de Molsosa, Lleida), fue asesinado a la una menos veinte de la madrugada del 13 de agosto a unos tres kilómetros de Barbastro, en una de las primeras curvas de la carretera a Berbegal-Sariñena, en el valle de San Miguel. Con él fueron ejecutados -y beatificados en 1992- un sacerdote y el primer grupo de 18 estudiantes claretianos, como resume Jorge López Teulón:

“Todos se habían confesado y rezado. Los estudiantes extranjeros habían oído las últimas confidencias y enjugado las últimas lágrimas. Todos se habían acostado. Aún no habían pasado las dos horas cuando, a media noche, se abrieron las puertas entrando milicianos con cuerdas ya ensangrentadas. ¡Atención, bajen del escenario los que tengan más de 26 años!. Como nadie los tenía nadie se movió. Tampoco de 25.

Entonces mandaron encender las luces y leyeron los primeros veinte nombres. Detrás de cada nombre una voz firme: ¡Presente!, y bajaban del escenario. Formaban una sola fila en la pared mientras les ataban las manos a la espalda y los codos de dos en dos. Todos estaban tranquilos y resignados: sus rostros tenían algo de sobrenatural que no es posible describir. En todos se notaba el mismo valor, el mismo entusiasmo; ninguno desfalleció ni mostró cobardía. Los que quedaban en el escenario contemplaban estupefactos la escena. Oyeron a algunos perdonar a los que les ataban, a otros les vieron coger del suelo las cuerdas, besarlas y dárselas a los que les ataban. Alguno gritó: ¡Adiós hermanos, hasta el cielo!”.

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