Queremos que notes cómo trituramos a la Virgen del Rosario

Cinco mártires del siglo XX en España nacieron un 25 de marzo: un párroco tarraconense, un capuchino leonés, una escolapia cordobesa, un franciscano alavés y un laico valenciano. Además, hoy es aniversario de la beatificación en Roquetas de Mar (Almería, 2017) de 115 mártires, sacerdotes seculares en su mayoría, salvo tres religiosos y veinte laicos, entre ellos dos mujeres, y una de ellas la primera gitana que sube a los altares, a la que bien puede llamarse mártir del rezo del Santo Rosario.

Lástima que sea cura. Sólo por eso merece desprecio
Francesc Mercader Randé, de 55 años y natural de Roda de Barà (Tarragona), era párroco de Barberà de la Conca, fue asesinado el 4 de agosto de 1936 en La Secuita (Tarragona) y beatificado en 2013 en Tarragona. Sacerdote desde 1908, se ofreció al cardenal Vidal i Barraquer para ir a la parroquia de Barberà de la Conca, que había quedado vacante. Visitar a las familias le costó muchas humillaciones, pero decía: “ya que ellos no vienen, siendo yo el párroco de todos, soy yo quien tengo que ir hacia ellos”. Sus enemigos decían: “después de todo, es un buen hombre, lástima que sea cura. Sólo por eso merece desprecio”. Al agravarse la situación en 1936, decía el párroco: “estos son los tiempos de la cosecha. El Señor nos los envía para que recojamos grandes gracias. Barberá cambiará y será piadoso”. Al estallar la revolución, el comité le preguntó si quería salvar algo de la iglesia; él recogió el Santísimo. Le aseguraron que no le pasaría nada si se quedaba en la casa rectoral. El 22 de julio le obligaron a presenciar la quema de objetos del culto y de la imagen de la Virgen del Rosario, diciendole: “tú has visto y vas viendo como destruimos los altares, pero queremos que notes como trituramos a la Virgen del Rosario”, aunque él replicaba: “¡no, hijos míos, no toqueis a la Virgen del Rosario, que es vuestra patrona! ¡No la estropeeis! ¡Respetadla!”. A las 6 de la mañana del 4 de agosto fue detenido en la abadía donde estaba confinado, so pretexto de ir a declarar a Tarragona. Salió con los brazos en cruz, rogando que lo mataran en su parroquia y diciendo: “vivo por Cristo y por Él quiero morir”. Iba en el coche rezando, con un crucifijo en las manos, y cerca de La Secuita le preguntaron: “¿Qué, ya has rezado suficiente?”. Él contestó serenamente que sí, lo bajaron a la carretera y lo mataron.

Quirino Díez del Blanco (Gregorio de La Mata), sacerdote capuchino de 47 años y natural de La Mata de Monteagudo (León), fue asesinado en Madrid el 27 de agosto de 1936 y beatificado en 2013. Quirino Díez del Blanco (padre Gregorio de La Mata), de 47 años, profesó como capuchino en 1905 y se ordenó sacerdote en 1914. Fue profesor en el seminario de El Pardo (donde sufrió el asalto de los revolucionarios que pretendieron colgar a los frailes de los pinos). Descubierto por los milicianos en su refugio (al parecer, tras una denuncia), fue llevado a la cárcel, donde su delicada salud le ocasionó muchos sufrimientos físicos y morales. Se pensó ponerle en libertad al no haber acusación alguna contra él. Pero cuando se supo que era fraile capuchino, junto con otros detenidos, a los cuales había oído en confesión, fue llevado al Alto del Hipódromo (hoy Nuevos Ministerios en Madrid) y allí acribillado a balazos por la espalda en la madrugada del 27 de agosto de 1936.

Compañera de las primeras mártires uruguayas
María Encarnación de la Iglesia y de Varo (madre María de Jesús), de 45 años y natural de Cabra (Córdoba), era la superior del convento del escolapias de Carabanchel, fue asesinada en Madrid el 19 de septiembre y beatificada en 2001. Por ser sus compañeras, contaré lo sucedido también a las primeras mártires uruguayas, a las que tampoco sirvió de nada la protección diplomática (y que, como se verá, por ciertos motivos pueden ser propuestas respectivamente como patronas de los que tienen deudas y de las fiestas juveniles).

Las hermanas Dolores Manuela Cirila y Consuelo Trinidad Aguiar-Mella y Díaz, de 38 y 39 años, nacieron en Montevideo, hijas del abogado español Santiago Aguiar Mella y de María Consolación Díaz Zaballa, de una acaudalada familia. Un año después de nacer la pequeña, en 1899, el matrimonio embarcó para España con sus seis hijos, ante las crisis y revoluciones vividas en Uruguay. Tras la muerte de su madre por tuberculosis en 1907, las dos fueron internadas en el colegio de las escolapias de Carabanchel (Madrid), donde estudiaron Magisterio superior.

La mayor, Dolores, quiso ser escolapia, pero una afección renal le impidió ingresar en el noviciado. Con todo, hizo voto de castidad y se fue a vivir con las escolapias al morir su padre, en 1929. Trabajaba como oficinista en el Ministerio de Hacienda en la sección Deudas. A la menor, Consuelo, según lo relatado por su hermana Trinidad, “le gustaba arreglarse, ir bien vestida y a la moda, llevar joyas, usar perfumes, asistir a cines, teatro, conciertos, pero observando siempre los preceptos cristianos”. Cuando estalló la guerra, tenía novio. El joven fue fusilado tres días antes que ella, sin que ésta lo supiera.

El tercer personaje de este acto es la madre María de Jesús, que profesó como escolapia en Carabanchel en 1911, volvió allí en 1922 como profesora, y desde 1935 fue superiora, refugiándose con otras al estallar la guerra en un piso cercano al colegio, en la calle Evaristo San Miguel.

Dolores vivía con ocho monjas escolapias, que se habían refugiado de la persecución republicana en un piso a una manzana de la madrileña Puerta del Sol. A las 9 de la mañana del sábado 19 de setiembre, volvía de llevar leche a otro grupo de escolapias y, pese a que llevaba brazalete diplomático -su hermano Teófilo Aguiar-Mella, era el vicecónsul uruguayo en Madrid-, la detuvieron cinco milicianos que habían seguido sus pasos. Las monjas lo vieron por la ventana y avisaron a Teófilo y a Consuelo, que fue al apartamento con las religiosas. Entonces un miliciano se presentó en el domicilio y dijo que si la madre superiora, María de la Yglesia de Varo, lo acompañaba, liberarían a Dolores.

La monja aceptó y Consuelo Aguiar-Mella fue con ella, pues también tenía brazalete diplomático y confiaba en que con el distintivo nada ocurriría. Ya no las volvieron a ver. Teófilo las buscó sin éxito. Sus cuerpos y el de la superiora fueron encontrados en la carretera de Andalucía, con el rostro desfigurado, pero reconocibles por los vestidos y el brazalete. Su hermano Teófilo las sepultó en el cementerio de la Almudena y en 2006 los restos de las jóvenes, primeras beatas uruguayas, fueron llevados a Montevideo. El 23 de septiembre de 1936, el diario El País de la capital uruguaya achacaba el asesinato a milicianos que vestían “overall y lucían pañuelos rojos atados al cuello” y que iban en “dos automóviles con los emblemas de la Federación Anarquista Internacional”.

Por dar un viva a Cristo en lugar de blasfemar
Ruperto Sáez de Ibarra López de Arcaute (fray Antonio), de 22 años y natural de Hijona (Álava), fue uno de los seis franciscanos del convento de Fuente Obejuna asesinados el 22 de septiembre de 1936 en Azuaga (Badajoz) y beatificados en 2007. Contaré su caso empezando por el del fraile asesinado el día anterior.

El franciscano José Mariano Azurmendi de Larrínaga Mugarza (padre José María), de 66 años, fue uno de los que en 1898 inauguró el convento de Fuente Obejuna (Córdoba). Había hecho la profesión solemne en 1891 y fue ordenado sacerdote en 1896. Estuvo varios años en Tierra Santa; en julio de 1936 había sido destinado de nuevo a Fuente Obejuna. Según ha relatado Jorge López Teulón, los días 20 y 22 de julio, las autoridades de la ciudad realizaron varios registros para buscar armas. El 27 de julio, so pretexto de protegerles, sacaron a los frailes del convento, que al día siguiente fue saqueado. Los frailes quedaron detenidos en las oficinas de Telégrafos, hasta ser conducidos el 14 de agosto al palacio de la marquesa de Valdeloro, convertido en prisión. El 20 de septiembre por la noche fueron trasladados en siete camiones, en compañía de 50 laicos, 43 de los cuales fueron fusilados a pocos kilómetros de Fuente Obejuna, mientras que los siete restantes y los religiosos fueron llevados a Azuaga (Badajoz) y encerrados en la cárcel. Fray José María Azurmendi fue asesinado a tiros, en el patio de la cárcel de Azuaga, a mediodía del día 21, por haber respondido “¡Viva Cristo Rey!” cuando le exigieron que blasfemara.

Hacia las 21 horas del mismo día 21, cinco de los religiosos y los siete seglares sufrieron varios interrogatorios. Ante su negativa rotunda a blasfemar, los sacaron de la cárcel en grupos de a cuatro -en tres viajes de camioneta- atados de dos en dos, y los llevaron al cementerio, donde fueron ejecutados en la madrugada del 22. Quedaba vivo en la cárcel el padre Félix Echevarría. Según confesión de un miliciano, intentaron por todos los medios hacerle blasfemar (le dieron dos palizas y dos tiros en las piernas, le sacaron los dos ojos, le cortaron una oreja y al final la lengua). Al no conseguirlo, acabaron con él rematándolo a culatazos de fusil en la boca y en la cabeza. Murió después de cuatro horas de agonía.

Fray Antonio vistió el hábito como novicio en 1931 e hizo la profesión simple en 1932. Por una enfermedad grave en la garganta, tuvo que dejar los estudios que llevaba a cabo en Chipiona (Cádiz) y pasar las vacaciones de verano de 1936 en Fuente Obejuna.

Los otros cinco religiosos compañeros de fray Antonio eran, empezando por el último en morir: Félix Echevarría Gorostiaga, vizcaíno de Zeanuri y de 43 años, de una familia de seis hermanos de los que tres fueron franciscanos. Hizo la profesión solemne en 1912 y fue ordenado sacerdote en 1916. Pasó a la misión de Marruecos en 1933, pero unas fiebres le obligaron a regresar, primero a Estepa y luego a Fuente Obejuna, donde era guardián.

Luis Echevarría Gorostiaga, zeanuritarra dos años menor que su hermano, hizo la profesión solemne en 1916 y fue ordenado sacerdote en 1920. Estuvo seis años en Tierra Santa. En Vélez Málaga sufrió la quema de conventos de 1931 y tuvo que marchar a Coín y en 1933 a Fuente Obejuna como vicario.

León Zarragua Iturrízaga (fray Miguel), vizcaíno de Yurreta y de 66 años, hizo su profesión solemne en 1895, estuvo 11 años en Marruecos, y a su regreso destacó por cuidar de los afectados por la epidemia de gripe de 1918. Al año siguiente marchó a Fuente Obejuna como sacristán.

Francisco Jesús Carlés González (padre Francisco Jesús), de 42 años y pontevedrés de San Julián de Requeijo, hizo la profesión solemne en 1913 y se ordenó en 1917. Estuvo tres años en Fuente Obejuna y marchó a Tierra Santa, hasta regresar en 1934 a Chipiona y un año después a Fuente Obejuna.

Simón Miguel Rodríguez, de 23 años y zamorano de Villalcampo, vistió el hábito en 1928, haciendo la profesión perpetua de votos en 1935, ya en el convento de Fuente Obejuna.

El quinto mártir nacido un 25 de enero es:

Juan Gonga Martínez, laico solero y oficinista de 25 años, natural de Carcaixent, fue asesinado el 13 de noviembre de 1936 en el Portitxol de Tavernes de Valldigna (Valencia, ver artículo del aniversario) y beatificado en 2001.

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